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¡Paraguay se conecta

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¡Paraguay se conecta 🛣️ 🚜!

Hoy se dio la orden de inicio para asfaltar 18 tramos en 10 departamentos de la Región Oriental.
En total son 375 km de pavimentación asfáltica con una inversión de Gs. 742.872.002.050.

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El resurgimiento del Paraguarí

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La bajante del río Paraguay nos permitió reencontrarnos con una parte de la historia naval del país, al dejar al descubierto el famoso buque vapor Paraguarí, que llegó a Paraguay en 1860 desde Inglaterra y tuvo que ser equipado para la Guerra de la Triple Alianza. Hoy, este patrimonio histórico paraguayo muestra parte de su estructura en la zona del Puente Remanso, en Mariano Roque Alonso.

FUENTE: LA NACIÓN

El 11 de junio de 1865 se desató el combate de Riachuelo durante la Guerra de la Triple Alianza (1865 – 1870). Fue la bata­lla naval más grande en toda Sudamérica, hasta ahora. En medio de aquel evento, los brasileños utili­zaron una nave para dañar al buque vapor Paraguarí. Un barco, el vapor imperial Paranhiba, embistió contra el Paraguarí. La tripulación paraguaya no tuvo de otra que encallar el buque a un banco de arena y para evitar que los brasileños se queden con la máquina, le prendie­ron fuego. Así relata el his­toriador Fabián Chamorro lo que fue el principio del fin de este patrimonio cultural acuático que tiene Paraguay y que hoy quiere resurgir.

“El buque se compró en 1860 durante el gobierno de Carlos Antonio López. Se trajo de Inglaterra y sir­vió en principio para el tras­lado de personas y mercade­rías. El viaje que hacía era regularmente de Asunción a Buenos Aires (Argentina) y Montevideo (Uruguay). Fue el barco más grande que se tenía en la flota paraguaya en ese entonces. Una vez que se vino la guerra grande, se tuvo que artillar el buque”, explica Chamorro.

El historiador aborda un poco sobre la importancia que tenía este buque para la economía paraguaya de ese entonces. En aquel tiempo, Paraguay estaba con una flo­reciente economía, con sus primeras fundidoras de hie­rro y la llegada de los ferro­carriles, todo apuntaba a un despliegue económico de la mano de la industria y, por supuesto, del Estado.

“Hay que recordar que en esos tiempos, la economía de la época de don Carlos Antonio López era práctica­mente totalmente estatista. Es decir, el Estado contro­laba todo. Y el buque Para­guarí era el principal móvil para exportar productos, cruzar el Atlántico, justa­mente para llevar mercade­rías”, expone el historiador.

A criterio de Chamorro, el Paraguarí era fundamental para la época, por el con­texto que se tenía en ese entonces y la importan­cia de la comunicación flu­vial. “El buque era primor­dial, porque transportaba mucha gente y podía llevar mucha carga”, dice Chamo­rro. En ese sentido, los datos técnicos del Paraguarí indi­can que tenía una capaci­dad para soportar hasta 700 toneladas de carga, una velocidad de 13 nudos y una tripulación de 58 hombres para que la maquinaria fun­cione. Tenía 28 camarotes cerrados y una capacidad de transportar al menos 150 personas. Era conside­rado el buque más lujoso de la marina paraguaya de esos tiempos.

Cuando arrancó la guerra grande, que puso a Bra­sil, Argentina y Uruguay en una contienda bélica contra Paraguay, el buque vapor Paraguarí tuvo que utilizarse con fines milita­res, expone Chamorro. De hecho, prácticamente toda la flota paraguaya fue utili­zada para aquella guerra, la más grande que se recuerde en esta región. En efecto, la armada paraguaya contaba para la guerra con 8 bar­cos, que tenían un total de 30 cañones y cerca de 400 marineros.

Pero tras la batalla de Ria­chuelo, frente a la ciudad de Corrientes, que se libró al inicio de la guerra grande, el Paraguarí ya quedó prácti­camente inutilizado, por el choque y posterior incendio que soportó. “En la guerra lastimosamente ya no tuvo mayor preponderancia”, dice el historiador. Recién cinco meses después pudo ser rescatada y la traslada­ron hasta Humaitá.

“Cuando la armada bra­sileña penetra más el río Paraguay, lo que aún sobraba de la armada para­guaya se dirigió hacia el río Manduvirá (en las postri­merías de la guerra, 1869). Allí los paraguayos hundie­ron el vapor Paraguarí en uno de los canales de acceso del Manduvirá. Lo hicieron para evitar que los barcos más grandes de la armada brasileña puedan llegar”, dice Chamorro.

Muchos años después y gra­cias a un emprendimiento privado se logró rescatar el casco de la enorme estruc­tura del Paraguarí. Sin embargo, cuando lo traían a Asunción por el río Para­guay, se soltó del remolca­dor y terminó en el lugar en donde hoy, después de varios años y de aguas altas, se deja ver en su real dimen­sión, cerca de donde está el Puente Remanso.

PATRIMONIO CULTURAL SUBACUÁTICO

Según la Convención de la Unesco del 2001, entre las diversas acciones se deter­minó también la “Protec­ción del Patrimonio Cultural Subacuático”. Justamente, el vapor Paraguarí forma parte de este patrimonio arqueoló­gico paraguayo. Para el his­toriador Chamorro, es vital recuperar este buque porque hace a nuestra historia y a cómo contarla. “Los patrimo­nios son importantes porque cuentan una historia. En este caso, puede contarnos cómo era el comercio en esa época. Cómo fue la guerra misma”, expone Chamorro.

Agrega que justamente es necesario cuidar y resca­tar estos patrimonios para que puedan quedar como elementos de estudio de la gente que está en el mundo académico histórico como para que también se pueda transmitir a los jóvenes y niños. “Nos cuenta este tipo de cosas para conocer nuestra historia”, afirma Chamorro.

Días atrás, técnicos de la Dirección de Estudios, Antropología, Arqueología y Paleontología de la Secre­taría Nacional de la Cul­tura (SNC) y de la Comisión Nacional de Puesta en Valor y Recuperación del Patrimo­nio Tangible de la Historia del Paraguay, inspeccio­naron la estructura que se deja ver con la bajada del río Paraguay. Esto con el obje­tivo de garantizar que no se haya movido o robado algo perteneciente al buque, ante la denuncia de vecinos de que supuestamente se estaba rapiñando la estructura.

“ARMAR UN ROMPECABEZAS”

Desde el viernes último, el equipo técnico encargado de recuperar los vestigios de este buque ya está traba­jando en la extracción de la estructura que se puede ver en el río. “Queremos apro­vechar ahora que todavía se puede por las aguas bajas. En años anteriores la gente venía a rapiñar esta estruc­tura, llevaban hierros, lo que se podía. Por eso ahora se hizo el esfuerzo y vamos a llevar a la Marina, para rear­mar ahí el buque”, expone a su vez el arquitecto José Cro­nawetter, responsable por el MOPC de la Comisión de Puesta en Valor.

“Lo que se está haciendo es cortar los hierros de forma que se puedan retirar del río, pero de forma seleccio­nada. Para después llevarlo a la Marina y ahí reconstruir. Es como armar un rompeca­bezas”, explica el profesio­nal. El objetivo es conseguir que la Marina se encargue del cuidado de este buque y que en un futuro cercano pueda estar a disposición de la gente que quiera cono­cer. Sin embargo, para eso se necesita un lugar.

Actualmente, la Marina paraguaya está por obtener a su nombre el predio de Vapor Cué, en Caraguatay, que también forma parte de la historia naval y que se vin­cula con la Triple Alianza. Dicho terreno está a nom­bre del Instituto Nacional de Desarrollo Rural y de la Tierra (Indert) y se están haciendo los trámites para que la Armada paraguaya tenga a su nombre el pre­dio. En Vapor Cué está un pequeño museo que tiene algunas de las cosas en donde se mantiene viva la memoria de los grandes sucesos béli­cos navales de nuestro país.

Cronawetter dice además que el trabajo de “mudanza” más la limpieza de la estruc­tura llevarán al menos tres meses de trabajo. Señala que todo se hace de acuerdo a lo que indican los especia­listas que están llevando adelante el proyecto de recuperar este patrimo­nio nacional. El proceso de recuperación implica bus­car la forma de evitar la oxi­dación de los hierros, lim­piar las partes de madera o recuperarlas, si es posible.

“La ventaja de este buque es que su casco es todo metálico, por lo que creo que es posi­ble lograr su recuperación en una gran parte. Lo bueno de todo esto es que vamos a poder dimensionar lo que fue este buque”, expone el arqui­tecto Cronawetter.

Mientras tanto, mucha gente se acerca al lugar donde los hierros y la estructura todavía se dejan ver, cerca del Puente Remanso. Hay fotos, comentarios, mucha gente curiosa de ese espec­tro que emerge del agua. La aparición del Paraguarí es como un mensaje de que no se puede olvidar nuestra his­toria. Es el buque que trajo del recuerdo un pasado que nunca debe ser olvidado.

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La Alemania paraguaya y el ‘infierno verde’ del Chaco

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Una pequeña Alemania apareció, de pronto, en mitad del desierto verde del chaco© Getty Images

Tiempo de lectura 8 minutos

Querían vivir a su aire, por eso estuvieron huyendo durante casi cinco siglos. Desde la sobria Centroeuropa, pasando por los territorios de Rusia y Canadá, los menonitas, una rama del movimiento anabaptista originado durante la Reforma, encontraron uno de sus últimos refugios en una región muy diferente a la de sus orígenes: el ‘infierno verde’ del Chaco paraguayo, una inmensa y boscosa llanura habitada por anacondas, roedores gigantes y jaguares que se debate entre el calor sofocante y las lluvias torrenciales y que fue testigo de una de las guerras más sangrientas de la Sudamérica del siglo XX.

MENONITAS DEL CHACO

Martha Barg acaricia a sus caballos cerca del lugar en el que casi cien mil soldados pasaron a convertirse en lodo. 100.000 –por si los ceros ayudan a tomar perspectiva– muertos: esa fue la herencia que dejó la guerra del Chaco a Bolivia y Paraguay doce años antes de que se fundase la colonia de Neuland, el último asentamiento menonita en Paraguay y el mismo lugar en el que, hoy día, Martha y su marido alimentan a su ganado.

«Mis caballos tienen nombres raros» confiesa Martha en un castellano con fuerte acento alemán mientras da de comer a Natascha –su favorita– frente a la mirada impaciente de Kelly, Camilo y otro potrillo que aún no tiene nombre. Martha fue una de las primeras menonitas nacidas en Neuland.

Fundada en 1947 por refugiados procedentes de la URSS –sobre un terreno comprado por el Comité Central Menonita al gobierno de Paraguay–, los 2.474 nuevos colonos se encontraron con un terreno muy diferente a todos los que habían habitado. Por suerte, otros habían allanado el camino antes que ellos.

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Martha Barg fue una de las primeras menonitas nacidas en Neuland© Dani Keral

Los primeros menonitas llegaron al Chaco en 1928 y formaron lo que se denominó la colonia Menno. Pero ellos no acudieron como refugiados políticos, como sucedió después con los de Neuland y Fernheim, la otra colonia menonita de la región, sino que salieron de Canadá por propia elección. O «por ser caraduras», como explica entre bromas Patrick Friesen, gerente de comunicación de la asociación civil Chortitzer Komitee, ubicada en la población de Loma Plata, núcleo poblacional de la colonia Menno.

«A final de la década de 1920, Canadá introdujo un nuevo currículo escolar generalizado para todos los ciudadanos del país. Ante esto, las comunidades menonitas más conservadoras se opusieron a ceder el control y modificar sus tradiciones, por lo que optaron por emigrar«, explica Friesen a Traveler.

Los menonitas tienen las ideas muy claras: ante todo, están sus principios. Nacidos en el siglo XVI durante el movimiento reformista de la Iglesia Católica, cuentan como principal referente al sacerdote Menno Simmons, que promulgaba, entre otras cuestiones, el anabaptismo, el cual aboga por el bautismo en creyentes adultos y considera inválido el bautismo infantil.

Pacifistas por definición, los menonitas se fueron dividiendo en dos ramas: una, la más conservadora, que rechaza el uso de tecnología (como transportes a motor y los ordenadores) y lleva un régimen de vida estrictamente regulado por el trabajo, la oración y la vestimenta. La otra rama, más progresista, ha ido asimilando muchas de las características de la vida moderna.

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Martha Barg fue una de las primeras menonitas nacidas en Neuland© Dani Keral

Los menonitas que salieron de Canadá no lo tuvieron nada fácil para encontrar un lugar que les permitiese tantas concesiones. Tras varios intentos infructuosos, apareció Paraguay, cuyo gobierno aceptó todos sus reclamos casi sin pestañear.

Herido de muerte tras una guerra –la de la Triple Alianza, en 1870, frente a Brasil, Argentina y Uruguay– que mermó su población hasta casi un 80%, le hizo perder gran parte de su territorio (incluidas las cataratas de Iguazú) y le sumió en una crisis económica a causa de las indemnizaciones de guerra, Paraguay estaba dispuesto a casi cualquier cosa por aumentar su población y, sobre todo, sus ingresos.

La necesidad unió a Paraguay con los menonitas y esa misma necesidad es la que casi acaba con ellos: de las 1.800 personas que llegaron al Chaco, un 10% murió por fiebre tifoidea, y otro tanto, unas 200 familias, regresaron a Canadá con ayudas de parientes.

Los cerca de 1.200 que quedaron no tuvieron otra solución, habían gastado todo su dinero en una compra que mandó a la quiebra a los colonos incluso antes de que se hubieran asentado: el precio pagado fue muy elevado para un terreno semiárido del que no sabían nada, pues su conocimiento colectivo se basaba en el del hemisferio norte. Solo era posible una opción: la fuga hacia el futuro.

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El Chaco paraguayo, uno de los lugares menos conocidos de Sudamérica© Getty Images

LA ALEMANIA PARAGUAYA

«De la palabra de Dios no se puede comer», sentencia Patrick Friesen en la que es, quizá, la frase que mejor resume lo que ocurrió en el Chaco a partir de la llegada de la colonia Menno.

Diezmados por las enfermedades, la falta de agua y la escasez de alimento, los menonitas del grupo Menno, primero, y los de Fernheim poco después, se encontraron con que debían cambiar su forma de ver el mundo si querían sobrevivir en el país que les había tocado habitar.

Después de fundar las ciudades de Filadelfia y Loma Plata, ambas colonias iniciaron un proceso de cambio que coincidió, más de una década después, con la llegada de la colonia Neuland. Los menonitas del Chaco comenzaron a dominar el terreno y generaron una estructura civil y económica que les hizo alejarse del conservadurismo oxidado que los había anclado en el pasado –y que aún se puede observar en otras colonias menonitas ubicadas al este del país–.

De esta forma, tres décadas después de salir de Canadá, terminaron aceptando el cambio que les llevó a huir de Norteamérica: ajustaron su currículo educativo a las exigencias del gobierno paraguayo, manteniendo sus propios profesores y algunas de sus asignaturas.

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Caimanes, jaguares, serpientes, vacas, caballos…© Getty Images

Una pequeña Alemania apareció, de pronto, en mitad del desierto verde del chaco. Una Alemania paraguaya que piensa en alemán, gestiona en alemán, habla alemán, chapurrea castellano y se siente paraguaya.

«¿Somos alemanes? ¿Somos canadienses?» se pregunta Patrick Friesen, que confiesa entre risas: «yo soy paraguayo cuando Paraguay juega contra Alemania». Nacido en Paraguay y con pasaporte canadiense, a Friesen le surgen ciertas resistencias ante su país de origen cuando analiza situaciones como el estado de las carreteras (con una Ruta Transchaco que se cae a pedazos) o el de la economía(con un gobierno que les debe a los menonitas cerca de cinco millones de guaraníes).

«Yo me siento más como chaqueño, mi tierra, mi gente, mi entorno. En cuanto a las modalidades de trabajo, nos alineamos mejor con Alemania, pero manejamos los métodos paraguayos y queremos ser paraguayos, queremos que la bandera paraguaya esté en nuestra carne cuando esté por todo el mundo».

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La región fue testigo de una de las guerras más sangrientas de la Sudamérica del siglo XX© Getty Images

HABITANDO EL DESIERTO VERDE DEL CHACO

Martha está enamorada del lugar donde vive. Pese al calor sofocante de los meses de verano, ella lo prefiere al clima frío centroeuropeo –del que solo quedan recuerdos en su genética–: un tereré –la versión fría del mate argentino– y una hamaca a la sombra de su terraza ya le bastan para olvidarse de los puntos negativos de vivir en una de las regiones más duras y, a la vez, más ricas en biodiversidad de todo Paraguay.

La región del Chaco es, en realidad, uno de los biomas más grandes de Sudamérica. Con un área de 100 millones de kilómetros cuadrados, el Gran Chaco abarca cuatro países: Brasil, Paraguay, Bolivia y Argentina.

El desierto verde chaqueño está formado por una espesa capa de vegetación con árboles gigantescos como el palo santo o el orondo y espinado palo borracho. A sus pies, el suelo arenoso encierra depósitos subterráneos de agua salina, dejando poco espacio al agua dulce. Estas condiciones hacen que cada gota de agua potable tenga tanto o más valor que el petróleo, el otro gran tesoro que encierra el subsuelo chaqueño.

El petróleo, el agua y, sobre todo, el territorio, fueron los motivos de que, entre 1932 y 1935, 100.000 soldados acabasen convertidos en lodo. Como macabro aperitivo entre las dos guerras mundiales, Paraguay y Bolivia se acribillaron mutuamente en la llamada guerra del Chaco, un conflicto llevado a cabo por dos países que se lamían su orgullo y sus heridas tras las derrotas del pasado reciente –Bolivia frente a Chile en la Guerra del Pacífico, donde perdió su salida al mar; Paraguay en la ya mencionada Guerra de la Triple Alianza, donde lo perdió prácticamente todo–.

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El sonido de la naturaleza es una constante en el Chaco© Getty Images

Finalmente, Paraguay logró la “victoria”, en parte gracias a la estrategia de sus militares, en parte gracias al conocimiento del terreno facilitado por los indígenas guaraní-nandeba, que enseñaron métodos de supervivencia a los soldados como la forma de encontrar agua potable a dos metros de profundidad en el interior de un tubérculo.

Jaguares, serpientes mortales, vacas, caballos, especies supuestamente extintas como el pecarí del Chaco, redescubierto en los años 70, nueve especies de armadillo o el carpincho, el roedor más grande del mundo, son algunos de los habitantes que conviven con menonitas, indígenas y paraguayos mestizos en el desierto disfrazado de bosque que es el Chaco.

El ‘infierno verde’ es una de las regiones menos conocidas de Sudamérica, tan misteriosa como lo es Paraguay a ojos del viajero, un país que dormita, medio olvidado, en el corazón de Sudamérica y que aún suspira por todos los terrenos perdidos. Como su agua grande, Iguazú, esa maravilla natural que recibe a millones de turistas y que, de su pasado paraguayo, ya solo le queda el nombre.

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Joven extranjero cae del cerro Kavaju de Tobatí

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Un ciudadano extranjero subió sin ningún tipo de protección al cerro Kavaju de Tobatí y cayó desde esa altura.

El joven de 19 años de edad sobrevivió a la caída pero se encuentra en estado grave en el Centro de Emergencias Médicas, según el último reporte.

En horas de la tarde, Rudi Daniel Meier de 19 años de edad, ciudadano británico decidió escalar el cerro Kavaju de Tobatí, sin ningún tipo de protección para este deporte extremo, estaba vestido con bermudas, una remera mangas cortas y calzados deportivos. En un momento dado, ya cerca de llegar a la cima, cayó al precipicio, informó la corresponsal de zona Desirée Cabrera.

Según se puede observar en imágenes, cuya publicación se reserva por su sensibilidad, el joven presentaba varias fracturas y una herida sangrante en la cabeza, pero estaba consciente, incluso trataba de moverse, momento en que las personas que se encontraban en el sitio le pidieron que no lo haga hasta que lleguen los Bomberos Voluntarios.

Datos proporcionados por la Policía local, señalan que esta persona fue auxiliada y trasladada al Centro de Emergencias Médicas, donde se encontraba en estado de salud grave, hasta el momento de la publicación de esta nota.

El cerro Kavaju de la ciudad de Tobatí, departamento de Cordillera, es un lugar visitado constantemente tanto por compatriotas como por turistas extranjeros para escalarlo, pero normalmente se realiza este deporte extremo con toda la protección necesaria de manera asistida, justamente por el peligro que esta actividad representa sin las precauciones correspondientes.

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